jueves, 25 de agosto de 2016
LA ROLA DEL PLAYERO
Por: Jenny Johana Baena
Bibliotecaria Centro Educativo el Salado
Un nuevo día, 5:30 de la mañana y el playero comienza a alistar su ánimo y sus herramientas. A las 6:00 de la mañana se prepara para salir de su casa hacia un encuentro con la madre naturaleza; en la quebrada o río como muchos lo llaman, está el sustento para él y su familia. Disponiéndose para entrar en el agua fría, muy fría, lleva en sus manos una polea o cajón de madera (también conocida como la rola) una pica, una pala y unos cachos de lata, herramientas con las que buscará sacar el material (arena y gravilla) de la quebrada Doña María, afluente que pasa por la vereda El Salado de San Antonio de Prado.
Cuenta Don Ramiro Areiza, quien hace más de 40 años habita la vereda, que ser playero en este sector del corregimiento es un oficio tradicional que se remonta a los primeros pobladores de este territorio, y que, en la época en que él llegó a vivir a El Salado, él ya veía a los jóvenes con su rola, dedicándose a esta actividad.
Aunque el oficio de ser playero, es decir, de sacar material para construcción de la quebrada, ha ido en descenso con el pasar de los años pues es demandante y pocos están dispuestos a hacerlo, más aún, cuando se han abierto otras oportunidades que llegan de la urbe hacia este sector rural; no se ha perdido del todo y varios habitantes de la zona aún se dedican a él. En la actualidad, los jóvenes de la vereda conocen la actividad, pero prefieren estudiar y desplazarse hacia la cabecera urbana para aplicar sus conocimientos en otras actividades que les brinden sustento económico con un menor esfuerzo físico.
En tiempo de sequía el material escasea y el playero recurre a los cachos, que le sirven para arrancar, literalmente, la gravilla del suelo de la quebrada. Cuando la naturaleza está de su lado y la quebrada crece, el playero se lo agradece, pues con su caudal arrastra todo el material, que, a su vez, es más fácil de elegir y sacar con su rola; en días soleados, nublados o con lluvia, eso no importa, el playero hace su labor. Pone su cuerpo dentro del agua y a un lado su rola, la pica y la pala y las fuerzas de sus brazos comienzan a sacar el material. Paleando va echando al cajón y escogiendo la piedra, la gravilla y la recuña y, una vez listo, se saca el material y se pone en pilas, un trabajo arduo en el que solo la naturaleza decide cuánto durará el contrato.
La paleada como ellos la llaman, va más o menos hasta las 3:30 de la tarde, con las pilas o arrumes ya listos y el horario cumplido, da por terminado el día dando gracias a Dios, a sus pies que soportaron el frío y a sus brazos que con su fuerza sacaron muchas rolas llenas de material que le aportará el sustento. Fatigado, con su espalda dando gritos y añorando un descanso, espera paciente la llegada de las volquetas que llevarán el material a algún lugar para venderlo. Finalmente, el playero coge sus herramientas y se marcha esperando que la vida le regale un nuevo día para seguir en la lucha.
Por: Jenny Johana Baena
Bibliotecaria Centro Educativo el Salado
Un nuevo día, 5:30 de la mañana y el playero comienza a alistar su ánimo y sus herramientas. A las 6:00 de la mañana se prepara para salir de su casa hacia un encuentro con la madre naturaleza; en la quebrada o río como muchos lo llaman, está el sustento para él y su familia. Disponiéndose para entrar en el agua fría, muy fría, lleva en sus manos una polea o cajón de madera (también conocida como la rola) una pica, una pala y unos cachos de lata, herramientas con las que buscará sacar el material (arena y gravilla) de la quebrada Doña María, afluente que pasa por la vereda El Salado de San Antonio de Prado.
Cuenta Don Ramiro Areiza, quien hace más de 40 años habita la vereda, que ser playero en este sector del corregimiento es un oficio tradicional que se remonta a los primeros pobladores de este territorio, y que, en la época en que él llegó a vivir a El Salado, él ya veía a los jóvenes con su rola, dedicándose a esta actividad.
Aunque el oficio de ser playero, es decir, de sacar material para construcción de la quebrada, ha ido en descenso con el pasar de los años pues es demandante y pocos están dispuestos a hacerlo, más aún, cuando se han abierto otras oportunidades que llegan de la urbe hacia este sector rural; no se ha perdido del todo y varios habitantes de la zona aún se dedican a él. En la actualidad, los jóvenes de la vereda conocen la actividad, pero prefieren estudiar y desplazarse hacia la cabecera urbana para aplicar sus conocimientos en otras actividades que les brinden sustento económico con un menor esfuerzo físico.
En tiempo de sequía el material escasea y el playero recurre a los cachos, que le sirven para arrancar, literalmente, la gravilla del suelo de la quebrada. Cuando la naturaleza está de su lado y la quebrada crece, el playero se lo agradece, pues con su caudal arrastra todo el material, que, a su vez, es más fácil de elegir y sacar con su rola; en días soleados, nublados o con lluvia, eso no importa, el playero hace su labor. Pone su cuerpo dentro del agua y a un lado su rola, la pica y la pala y las fuerzas de sus brazos comienzan a sacar el material. Paleando va echando al cajón y escogiendo la piedra, la gravilla y la recuña y, una vez listo, se saca el material y se pone en pilas, un trabajo arduo en el que solo la naturaleza decide cuánto durará el contrato.
La paleada como ellos la llaman, va más o menos hasta las 3:30 de la tarde, con las pilas o arrumes ya listos y el horario cumplido, da por terminado el día dando gracias a Dios, a sus pies que soportaron el frío y a sus brazos que con su fuerza sacaron muchas rolas llenas de material que le aportará el sustento. Fatigado, con su espalda dando gritos y añorando un descanso, espera paciente la llegada de las volquetas que llevarán el material a algún lugar para venderlo. Finalmente, el playero coge sus herramientas y se marcha esperando que la vida le regale un nuevo día para seguir en la lucha.
LA
SORPRESA DE LA PAPAYA
Por:
Mario
Trujillo Quintero
Gloria
Marleny Trujillo
Habitantes
de la vereda El Salado
Siete años
atrás sucedió un hecho importante para los habitantes de la vereda
El Salado. Aunque poco mencionado en medios locales de San Antonio de
Prado, este suceso, colapsó la vía a la vereda por espacio de 45
días y asustó mucho a toda la comunidad.
Cuentan
algunos habitantes de la vereda El Salado, entre ellos Don Mario
Trujillo -hombre de unos 60 años de edad, alto, acuerpado, de tez
blanca, vecino que habita la vereda hace más de 40 años- que desde
un lugar llamado La Cajona, situado en la vereda Astillero, sale un
tubo madre de Empresas Públicas de Medellín que se encarga de
abastecer de agua al barrio El Limonar, también territorio del
corregimiento.
Dicho tubo
está enterrado y pasa por la parte alta de la finca La Papaya; casa
finca que queda cerca al Centro Educativo El Salado, al lado de la
gruta de la virgen del Carmen. Según Don Mario y lo que a él le han
contado vecinos y amigos, es que el tubo estaba un poco averiado,
pero como nadie se había percatado del daño, esto hizo que la
tierra se fuera ablandando hasta ceder en un deslizamiento que, no
solo sorprendió a La Papaya sino también, a la comunidad.
Todo
ocurrió a eso de la 1:30 de la tarde, ya los estudiantes del Centro
Educativo El Salado habían pasado por La Papaya, camino a sus
hogares. Pronto, de un momento a otro, se sintió un estruendo muy
fuerte, el cual fue como una explosión; minutos después, vecinos
cercanos pudieron ver la magnitud de lo sucedido. Un deslizamiento de
tierra tomó por sorpresa a La Papaya, trayendo consigo pérdidas de
animales (vacas, perros, gallinas) de objetos materiales (establos) y
ocasionando el taponamiento de la vía principal hacía el pueblo
(cabecera corregimental).
Toda la
comunidad quedó consternada ante este suceso pues era un día de
verano, hacía sol y nadie se lo esperaba. Dada la cantidad de tierra
que cayó, a la maquinaria de obras públicas se le dificultó, día
tras día, abrir pronto el paso. La gente tenía que pasar por
caminos de trocha alternos y también por encima de la tierra para
poder llegar a sus casas. Se abrió un paso alternativo por la finca
de los Cañazo, el cual tomaba alrededor de 10 minutos más a pie
(para quienes vivían cerca a la cancha) llegar a sus destinos.
Cuarenta y
cinco días pasaron para que las máquinas retroexcavadoras lograran
abrir el paso de la vía para transitar de nuevo por allí. La
Papaya, aunque sorprendida y sin víctimas mortales, aún existe y,
en la misma tierra que quedó de aquel suceso, en la actualidad han
nacido árboles, plantas y pasto; naturaleza que no logra borrar el
recuerdo que permanece en las mentes de los habitantes del Salado, de
que un día La Papaya fue sorprendida por un gran alud de tierra.
EL
MISTERIO DE LA CANCHA
Por:
Jenny
Johana Baena
Nubia
Trujillo
Habitantes
de la vereda El Salado
En
la búsqueda por la historia de la vereda El Salado, nos topamos con
una gran persona, Don Ramiro Areiza -un hombre delgado, de tez
morena, dormilón, con bozo de “chapatín”, bonachón, amable y
siempre servicial a quien en la vereda se le conoce por su frase
célebre “Mijito, la vida es la vida, y hay que vivirla”-.
Sentado a las puertas de su tienda, tomando un café, mirando a lo
lejos, y con sus vistas cansadas, tal vez recordando sus hazañas o
sus largos viajes hechos a través de los años, con su desgastada
vista, nos vio llegar. Buenas tardes… Buenas tardes, contestó;
sabemos que su tiempo está muy copado, pero, ¿nos puede regalar
unos minutos? claro que sí, muy amable respondió… ¿en qué les
puedo ayudar? Mmm… Queremos saber sobre el misterio, sí, el
misterio de la cancha.
La
cancha
La
cancha es un espacio, placa deportiva, punto de referencia de la
vereda El Salado. Un lugar importante para sus habitantes porque ha
sido escenario de grandes eventos como la fiesta del campesino,
encuentros deportivos inter veredales, y fiestas patronales. También
para sus niños y niñas que a diario se congregan allí para jugar e
invertir su tiempo libre, el sitio que los acoge para divertirse y
conocer a otros.
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Una
sonrisa nos dio a entender que era un recuerdo que Don Ramiro Areiza
siempre tendrá en su memoria. Sonrió nuevamente, se acomodó y su
mente viajó 47 años atrás. Una piedra enorme reposaba allí, en el
terreno en el que hoy está la cancha. Era una piedra grande que la
misma comunidad fue comiendo a punta de pico y pala para repartirla
en el camino, en ese entonces de herradura. Con sus palabras pausadas
dijo “Una nueva ramada o rancho grande se construiría allí para
darle paso a una de las fuentes de empleo de la época y progreso
para la vereda”.
Le
preguntamos a Don Alfonso Torres -vecino de la vereda de hace 42
años, bajito, delgado, moreno que con su “rin, rin” saluda a
propios y a extraños, más conocido como “El Indio”- por su
recuerdo más importante de la vereda, y dijo que era la construcción
de la cancha en lo que antes había unas ramadas, es decir, un rancho
grande de Zinc para cubrir los fogones y maquinaria de la fábrica
donde se cocinaba pegamento para los moldes de cemento que allí se
hacían. Dichos moldes de cemento se fabricaban para tumbas…
¿¡Tumbas!? Preguntamos. Sí, sonrió y agregó, tumbas que iban
para los cementerios Campos de Paz y Jardines de Montesacro ¡Ah!
pero también posetas y condolines para fogón de leña.
La
fábrica
La
fábrica no tenía nombre, pero se hizo conocer por el empleo que
generó en la zona y los productos tan particulares que de allí
salían. Poco se conoce de su proceder. El encargado de esa fábrica,
Don Tiberio Cano, habitó la vereda por un tiempo y, su dueño se
llamaba Raúl Pizano. Más adelante, Don Raúl le vendió a Darío
Escobar conocido por ser dueño de la finca de los Cañazo. Este
último fue dejando acabar la fábrica, dice Don Alfonso, al que al
mismo le tocó tumbar la ramada que se había construido en ese
lugar. Posteriormente, Darío Escobar le vendió el terreno a Alberto
Sierra quien, a su vez,
lo donó a la Junta de Acción Comunal El Salado, comité que se
encargó de gestionar la construcción de la Cancha.
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Esa
cancha de más de 20 años, punto de encuentro para la comunidad y un
necesario espacio para los niños y jóvenes, ha perdido su uso con
el paso del tiempo. Sí, su estado es lamentable y más triste aún,
es que nadie quiera darle la mano siendo un espacio tan, tan
necesario. Es un misterio que la soledad se apodere, en ausencia de
la gestión que lo pueda regresar a la vida, de un lugar que antes
fue el corazón de la vereda El Salado.
LOS DOS PARES
DE ZAPATOS DE MIS DOS HIJOS
El par de zapatos negros
los compre hace 16 años en el centro Medellín para usar el día de su
bautizo, mi hijo tenia 3 meses cuando lo bautice era la época de
navidad, el entorno familiar entonces era feliz.
Par de zapatos azules de
tela:
los compre en San Antonio de Prado para el día del bautizo de mi segundo hijo los bautizamos en
navidad ;de tres meses para aquel entonces la unión familiar ya no
era lo mismo; pero a pesar de todo; es un grande recuerdo en mi vida
porque son fechas que quedaron en la memoria para siempre.
Por: Mario Trujillo Quintero y Marleny Trujillo.
LA CHOCOLATERA
Hace 38 años que Mario
Trujillo mercaba en una tienda de un señor llamado Pacho Cruz. Había
unas barras de chocolateras amarradas con una cabuya colgada de un
clavo. Don Mario miró la chocolatera y preguntó a Don Pacho cuál
era su precio y él respondió que valía 120 pesos. Él la compró y
desde entonces la usa dos veces al día. Actualmente se conserva en
buen estado.
LA MÁQUINA DE AFEITAR
La máquina de afeitar de
hojas tiene 43 años. Es un regalo que le dio la esposa, en una
navidad, a Don Mario Trujillo cuando eran novios, desde entonces se
afeita con ella siempre, nunca ha utilizado otra máquina siempre es
la misma y la disfruta mucho porque es un recuerdo muy grato de esa
época en la que se la dieron.
Por: Gloria Marleny
Trujillo
EL OSITO
Hace muchos años estaba
Jenny en la Clínica San Vicente de Paúl hospitalizada. La patrona
de la mamá llegó con un osito para que la acompañara durante esos
8 largos meses que estaría allí. Ella dice que realmente fue una
compañía en esos días largos porque la mamá solo la visitaba cada
ocho días y, desde entonces, el osito ha estado con ella siempre, y
lo estará hasta que muera, dice Jenny.
Por: Nubia Trujillo
Práctica de escritura digital
Mi llegada a la Escuela del Salado
Para que sepan como llegue a la escuela debo contarles todo desde el principio...
hace cuarenta años cuenta mi madre ,que llegamos ala vereda el salado ,a vivir en una finca que ahora llama la papaya .en ese entonces era muy pobre la vereda en cuanto a servicios basicos se refiere ,pero vereda que se respete no le falta su escuela .recuerdo que mi mama lo primero que iso al otro dia fue averiguar por la escuela y se encontro con una señora llamada lucila ,que precisamente vivia en toda la entrada a la escuela para suerte de nosotros porque ustedes saben uno nuevo y bien desubicado junnm.
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