EL
MISTERIO DE LA CANCHA
Por:
Jenny
Johana Baena
Nubia
Trujillo
Habitantes
de la vereda El Salado
En
la búsqueda por la historia de la vereda El Salado, nos topamos con
una gran persona, Don Ramiro Areiza -un hombre delgado, de tez
morena, dormilón, con bozo de “chapatín”, bonachón, amable y
siempre servicial a quien en la vereda se le conoce por su frase
célebre “Mijito, la vida es la vida, y hay que vivirla”-.
Sentado a las puertas de su tienda, tomando un café, mirando a lo
lejos, y con sus vistas cansadas, tal vez recordando sus hazañas o
sus largos viajes hechos a través de los años, con su desgastada
vista, nos vio llegar. Buenas tardes… Buenas tardes, contestó;
sabemos que su tiempo está muy copado, pero, ¿nos puede regalar
unos minutos? claro que sí, muy amable respondió… ¿en qué les
puedo ayudar? Mmm… Queremos saber sobre el misterio, sí, el
misterio de la cancha.
La
cancha
La
cancha es un espacio, placa deportiva, punto de referencia de la
vereda El Salado. Un lugar importante para sus habitantes porque ha
sido escenario de grandes eventos como la fiesta del campesino,
encuentros deportivos inter veredales, y fiestas patronales. También
para sus niños y niñas que a diario se congregan allí para jugar e
invertir su tiempo libre, el sitio que los acoge para divertirse y
conocer a otros.
--------------------°°----------------------------°°
Una
sonrisa nos dio a entender que era un recuerdo que Don Ramiro Areiza
siempre tendrá en su memoria. Sonrió nuevamente, se acomodó y su
mente viajó 47 años atrás. Una piedra enorme reposaba allí, en el
terreno en el que hoy está la cancha. Era una piedra grande que la
misma comunidad fue comiendo a punta de pico y pala para repartirla
en el camino, en ese entonces de herradura. Con sus palabras pausadas
dijo “Una nueva ramada o rancho grande se construiría allí para
darle paso a una de las fuentes de empleo de la época y progreso
para la vereda”.
Le
preguntamos a Don Alfonso Torres -vecino de la vereda de hace 42
años, bajito, delgado, moreno que con su “rin, rin” saluda a
propios y a extraños, más conocido como “El Indio”- por su
recuerdo más importante de la vereda, y dijo que era la construcción
de la cancha en lo que antes había unas ramadas, es decir, un rancho
grande de Zinc para cubrir los fogones y maquinaria de la fábrica
donde se cocinaba pegamento para los moldes de cemento que allí se
hacían. Dichos moldes de cemento se fabricaban para tumbas…
¿¡Tumbas!? Preguntamos. Sí, sonrió y agregó, tumbas que iban
para los cementerios Campos de Paz y Jardines de Montesacro ¡Ah!
pero también posetas y condolines para fogón de leña.
La
fábrica
La
fábrica no tenía nombre, pero se hizo conocer por el empleo que
generó en la zona y los productos tan particulares que de allí
salían. Poco se conoce de su proceder. El encargado de esa fábrica,
Don Tiberio Cano, habitó la vereda por un tiempo y, su dueño se
llamaba Raúl Pizano. Más adelante, Don Raúl le vendió a Darío
Escobar conocido por ser dueño de la finca de los Cañazo. Este
último fue dejando acabar la fábrica, dice Don Alfonso, al que al
mismo le tocó tumbar la ramada que se había construido en ese
lugar. Posteriormente, Darío Escobar le vendió el terreno a Alberto
Sierra quien, a su vez,
lo donó a la Junta de Acción Comunal El Salado, comité que se
encargó de gestionar la construcción de la Cancha.
--------------------°°----------------------------°°
Esa
cancha de más de 20 años, punto de encuentro para la comunidad y un
necesario espacio para los niños y jóvenes, ha perdido su uso con
el paso del tiempo. Sí, su estado es lamentable y más triste aún,
es que nadie quiera darle la mano siendo un espacio tan, tan
necesario. Es un misterio que la soledad se apodere, en ausencia de
la gestión que lo pueda regresar a la vida, de un lugar que antes
fue el corazón de la vereda El Salado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario